| |
ALTO IMPACTO: ¡IMPACTANTE!
Lic. Jorge Delgado Salazar*
Estamos en presencia de una película que retrata de forma excelente el entramado social contemporáneo, caracterizado por una conflictividad social creciente, que se expresa por ejemplo, en manifestaciones xenófobas rabiosas en distintas partes del mundo- fenómeno que tampoco, aunque en menor grado; excluye a nuestro país -dado el aumento de los movimientos migratorios en distintos lugares del planeta, originados en eventos de carácter político, económico o bien como producto de la devastación provocada por fenómenos naturales, acelerados por la intervención humana.
Este material nos presenta una impactante lectura desde la otredad racial, (¿cómo nos ven, cómo nos vemos y nos sentimos?) mostrándonos en primer plano, rostros de diversas razas, que más allá de Los Angeles/EUA -sitio donde se filmó la película- es vista también, con ojos de desconfianza, de miedo, mientras se mira a sí misma, desprotegida y vulnerable frente a sociedades y estados que huyen del derecho tanto por lo que hacen, como por lo que dejan de hacer. Si no, recordemos las acciones grotescas del policía racista que abusa de su poder y se convierte en abusador sexual, si bien posteriormente salva a su víctima (una negra), de morir calcinada en un evento de violencia en el tránsito, o el caso de un investigador negro que es hostigado por un elegante fiscal blanco, que practica la corrupción. Aquí aparece el retrato descarnado del binomio corrupción/impunidad , fuente de muchísimos de los males que hoy agobian a nuestras sociedades. Es el péndulo de una realidad contradictoria, que abruma, confunde y desalienta y en la que el amor y la verdad tienen un lugar especial, que con frecuencia olvidamos, en tanto son una ventana esperanzadora, renovadora y tranquilizante: es el caso del diálogo entre el padre y la hija que yace debajo de su cama por el miedo que le producen los disparos callejeros y las balas perdidas o el encuentro entre la dueña de casa y su criada, que le permite en medio de una situación angustiante, reconocerla como su mejor amiga.
La violencia y el miedo, como señala Norman Elías, se ubican en el epicentro de la experiencia de la modernidad, que hace de las grandes urbes lugares fríos en los que predomina el desencuentro, tal como lo presenta el film, entre blancos, afrodescendientes, latinos, chinos y turcos, que caracteriza el paisaje urbano de Los Angeles, Nueva York o París, para citar sólo algunas de las ciudades en las cuales se han suscitado eventos, algunos muy recientes, que han dado lugar a numerosos reportajes que muestran algunas facetas del drama humano de vivir en la pobreza, en exclusión etnorracial y de clase, que margina a millones de seres humanos, social, legal y económicamente, promoviendo su estigmatización y la discriminación residencial, condenándoles a vivir como lo señala Francois Dubet, en los “barrios del exilio”. Salirse de allí, es un riesgo para ellas y una “amenaza” para residentes de otros barrios que viven en mejores condiciones. Se impone la línea de color.
Así, el principal efecto de la estigmatización, tal como lo señala Loic Wacquant, “consiste en estimular prácticas de diferenciación y distanciamiento sociales internos, que contribuyen a reducir la confianza interpersonal y socavar la solidaridad social local”.
Intolerancia, desconfianza, prejuicio y miedo, forman parte de un continum de sentimientos que permea todas las escenas de la película, materializando el desencuentro, que con frecuencia se traduce primero, en malentendidos, incubados en el estereotipo y los prejuicios y luego en manifestaciones de una violencia contundente que aniquila física y emocionalmente.
En este contexto no hay capacidad para discriminar y hacer una lectura distinta que conduzca a revertir el sentimiento de soledad y rabia, que experimentan los seres humanos, aferrados a un hiperindividualismo que se traduce en la pérdida de lazos solidarios con el otro/a y en un egocentrismo hostil, que impide que nos miremos en el sentido sartriano “el ser consiste en ser mirado”, es decir en reparar en la condición humana del otro, que puede ser mi vecino, un/una transeunte cualquiera, un migrante, el panadero, el cerrajero, un turista, un/una limosnero/a.
Pese a que estamos hablando más, nos estamos comunicando menos, por eso los vacíos creados por la soledad, el desamparo y el miedo, empujan a cambiar cerraduras, comprar armas, a evitar al otro, a encerrarse...
Creo que la película nos invita a hablar de los miedos reales o no, que nos acosan y que cristalizan nuestros pensamientos y nuestras acciones, para dar paso a la esperanza y al buen vivir en el presente y en el futuro, entendiendo que es justamente allí, donde pasaremos el resto de nuestros días.
¡Prevengamos que el miedo no nos paralice!
*Director Ejecutivo. Dirección Nacional de Prevención de la Violencia y el Delito
Ministerio de Justicia,
10 de marzo de 2006 |
|